Me han dicho tantas cosas que yo ya no sé qué creerme



Me han dicho —no hagáis mucho caso— que dentro de esta cabra hay un ser humano. Una persona como tú o como yo. Escondido dentro y aguantando el olor nauseabundo de la cabeza seca de una cabra muerta, para lograr que los turistas se apiaden y le suelten unos céntimos.

Me han dicho —no hagáis mucho caso— que eso lo hace porque quiere, que se joda, que gana un buen sueldo haciendo esa marranada.

Me han dicho —no hagáis mucho caso— que es pequeño de estatura y que no sufre mucho estando agachado, y que por el calor que no suframos nosotros, que viene de no sé qué país, donde el calor es de fábrica y ya está acostumbrado.

Yo pensé que cuando un país consiente que existan estos humanos cabra, es que algo no funciona muy bien en ese país. Pero me han dicho que no, que esto sucede en todos los sitios. Cuando más ricos son, más pobres tienen dentro para entretener a los turistas de dentro o de fuera. Y yo me acuerdo de los esclavos de Roma.

Os lo juro, ya no sé qué creerme.