Una rotura no eterna, pues la estamos leyendo

El ordenador junto a la escritura te ayuda a encontrarte contigo mismo. Escribir estas líneas aquí solo en el salón comedor mientras todos los demás todavía duermen es un pequeño lujo de soledad acompañada. 

Estamos los tres; tú como lector, mi ordenador y yo. A ti no te conozco, no se quien eres pues puedes ser varios y sobre todo no te conozco ahora que me lees pues has cambiado desde que te escribí…, pero lo curioso es que tampoco me conozco yo. Al final será el ordenador al único que conozco algo, y encima a veces se pone tonto.

Sin ti como lector o lectora no sería nadie ahora. En estos momentos de relación conmigo para sacar mis tripas necesito siempre el espejo de otro, de un posible lector que me lee con los años. Esto te lo escribo en enero de 2005, para que tengas espacio tiempo junto a las letras.

Pero como sé que es muy difícil que existas, me releo para al menos saber que yo sí que no he fallado a la cita, y hago mi doble personaje obligatorio. Escritor y lector de sensaciones por si acaso tú… no estás.

Leerme lo propio me ayuda a crecer, a reafirmar lo que pienso, porque bebo de las mismas aguas que creo ser. Me auto complazco de que es posible ser como soy, de que hay más como yo dentro de yo. Pero me preguntó… ¿cómo seré yo cuando me lea esto tras los años? Ni tú ni yo lo sabemos.