Puesta de sol en Playa de Palma

Todas las puestas de sol parecen diferentes. Son tan pocos los elementos que intervienen que parece imposible que su mezcla cree una música tan dispar. Incluso con cielos libres de nubes, cuando el sol parece esconderse aunque simplemente somos nosotros los que decidimos seguir girando para no verlo, el cielo se encabrona y crea nubes para rodearlo en su despedida diaria. Nubes y aviones que salen a despedirlo.

Los colores pueden desaparecer. Depende

Las paredes con tu nombre son más hermosas y con más color. Daría igual si tuvieran o no formas excesivas. Si tienen tus recuerdos y los míos, siempre tienen color. Yo no veo colores, observo situaciones.

Subidas y bajadas en azul oscuro casi gris

Subimos mientras bajamos. Lo que nos queda es la diferencia entre ambas decisiones. Subimos con rasmia mientras bajamos sin darnos cuenta y a regañadientes. Subimos con la energía de lo nuevo, a explorar lo que no conocemos. Bajamos para tomar aire y descansar unos instantes. A veces nos obligan a tener que bajar más de lo que deseamos. Pero eso no nos evita seguir mirando hacia arriba.

Hay asuntos sociales que nunca deberíamos consentir

Todo parecería posible en estos tiempos de rareza visual. Pero había un elemento que se nos escapaba a esa normalidad que contemplamos. Algo que no nos gusta ver por las calles de Madrid. No era normal, o si lo era, había que evitarlo, pues produce daño a los ojos. No estamos los seres humanos acostumbrados a estos asuntos por las calles, nos producen dolor e incluso temor por si algún día alguien decide empujarnos a tamaño asunto.

Es normal que haya flores bonitas dentro de una botella de ginebra cara. Puede serlo que en una esquina cualquiera existan tantas mesas vacías para poderse sentar sin problemas. Incluso diría que la limpieza no me sorprende, como tampoco que haya una persona tirada en el suelo, pidiendo por su futuro. A todo esto por desgracia ya nos hemos acostumbrado.

Pero que haya un ajedrez encima de una mesa, noooo. A eso no, por dios.

Ventanuco que da vida al verde natural

Las ventanas de hojas no siempre tienen que ser de madera. Pueden ser vegetales, suaves y verdes. Capaces de esconderse entre los huecos de los que buscan alimento. Sorprende que con tan poco sean capaces de sobrevivir. Luz, tal vez sol, y un poquito de tierra. Nosotros necesitamos más.

Todos nos vamos volviendo grises

Tiempos de caídas, de reencuentros con las natural manera de morir. Tiempos de setas, de coger tierra, y elevarte con ella.

Caemos al suelo donde nos esperan los marrones. Intentamos mantener el verde pero sabemos que es cuestión de tiempo. 

Nos vamos encogiendo, encogiendo, encogiendo…, hasta que definitivamente nos despegamos de la cáscara. Y quedados atrapados entre el resto de polvo. 

Es el otoño para todos, el natural tiempo del otoño vital. Necesario para los recambios  de colores. Todos nos vamos volviendo grises o marrones. 

Una ventana con poder intimidatorio

Siempre ventanas que nos miran. Aunque sean sencillas o al revés, complejas como esta. Aquí, para no tener que estar siempre asomados observando quien pasa, ya han puesto pequeñas figuras escultóricas para que miren y vigilen en vez de los dueños del palacio. Dentro y con las ventanas cerradas esperaba el poder de la localidad a no verse demasiado. Pues mostrarse en exceso es siempre una pérdida de poder intimidatorio. 

Si los masticas saben amargos

Los huertos están llenos de pequeños insectos voladores con vida propia. No van a la escuela pero saben mucho de lo suyo. No pasan hambre, saben escaparse de los peligros, se disfrazan de colores para producir miedo en los enemigos y además, según me han dicho, si los masticas saben amargos. Ellos sí que saben.

El dueño pensó otra cosa y dejo el candado

El pequeño candado sujetaba lo que parecía incapaz de asegurar el pestillo de madera con más experiencia. Era la juventud que maduraba contra la senectud que ya intentaba descansar. 

Personalmente me parecía tan viejo el uno como el otro, y mucho más bello el anciano que el maduro. Pero el dueño pensó otra cosa.

Ventanas verdes fritas, que no se dejaban ver

Qué complicado resulta asomarse donde no te dejan mirar. Pero a veces se logra. Después de ver puede que te quedes con peor gana de cuerpo, pero hay que buscar lo que se esconde detrás de lo que no se quiere mostrar. Nunca se sabe qué podemos encontrarnos. Las ventanas sirven para tapar, pero son un hermoso detalle para mostrar.

Entre aguas de nuevos colores naturales


Entre los colores de las aguas artificiales me movía por la superficie. Debajo unos peces enormes no intuían que el agua era de colores. Cuando se está inmerso en la faena no se ve la complejidad del bosque.





Sobraba yo, el buzón y los carteles

Parecía el hombre de la silla como hablar en silencio, abstraído tal vez por la belleza del rincón. Pero creo que era su rincón de siempre.

Para él no era bello, era normal, habitual. Bello era para mi.

Lugar de Tronos y de luchas, de amores escondidos esperando dentro de la capa o de tertulias conspiratorias.

Sonaron las campanas y todos se movieron de su sitio. Empezaba la hora cuerda.

Por un instante me quedé solo ante el paisaje urbano y me entró miedo. ¿Qué hago yo aquí si ya no hay nadie?

Pero enseguida vinieron los técnicos y actores a salvarme del instante y me retiraron con suavidad. 

Yo sobraba. Empezaba la verdad.

Lo pillé escapando, pero nunca supe de qué

Nunca pensé que huir fuera tan complicado, pero a veces hay que hacerlo entre los rotos de la vida. Por eso, a veces, antes de huir hay que pensárselo dos veces. 

¿Y si en vez de escapar medio escondido, diéramos la cara y miráramos de frente?

Nunca habrían las puertas del local gris funeraria?

Si alguien quería robar…, todavía le quedaba el candado. El resto parecía fuera de color, como escapado de la moda imperante, pues llevar esqueletos por la calle no suele estar muy bien visto. Por eso las lluvias se habían apoderado de los huesos que quedaban. pero la pregunta seguía insistiendo en mi cabeza.

¿Nunca habrían las puertas del local gris funeraria?

Todo está igual. Excepto las personas

Hay rincones donde el tiempo se estancó como el agua que contiene peces de colores, para mostrarnos aquellos tiempos en los que casi todo era posible. Personas de negro circulaban buscando mimbres de oros colores con los que ordenar sus pertenencias. 

Ellos ya no pasean por estas esquinas de túneles oscuros, ni tampoco sus hijos. Pero los mimbres siguen allí. Somos tan débiles que incluso los juncos y aneas nos superan en figuración. ¿Para qué nos creemos importantes?

¿Cuántas generaciones se habrán apoyado en estas piedras para charrar de su presente, e incluso de su futuro? 

Todo sigue igual…, excepto las personas.